lunes, 2 de noviembre de 2015

Bestias sin Nación (80/100)












No deja de ser curioso que Netflix escogiera a Bestias sin Nación para ser su primera producción cinematográfica de contenido original para ser distribuida en el formato casero. El tercer largometraje de Cary Fukunaga demanda ser visto en la pantalla grande, no sólo por su impresionante fotografía e envolvente diseño de sonido, sino por su extensa duración y la desgarradora ejecución de su trama. No trato de ser condescendiente, pero más allá del denso paisaje visual y sonoro de fondo y la ironía de encontrar belleza visual en la atmosfera más deprimente posible, la guerra, está el hecho de que no se si muchas personas acostumbradas a ver Netflix tengan el estomago para ver algo tan deliberadamente pausado y largo en un iPad, laptop o tv de plasma, sin el impulso de apartar la mirada de la violencia gráfica, el abuso sexual infantil, la violación y el asesinato a sangre fría. Hablando desde esa perspectiva, este tipo de material brutal y sombrío requiere un entorno de enfoque y libre de distracciones, como el de una sala de cine para absorber totalmente su impacto emocional. Pero que se le puede hacer, verla en Netflix es lo que nos tocó.

“Una bala es como algo que devora todo lo que tiene enfrente”, dice en algún momento Agu (Abraham Attah), la joven máquina de matar que luego de ver como su padre y hermano son asesinados por la milicia, se ve arrastrado a una guerra que está consumiendo a su país cuando es reclutado a la fuerza por el ambicioso Comandante (Idris Elba) de un grupo de rebeldes. A su corta edad se ha convertido en un soldado experimentado, conoce el olor a la muerte. Asesina a hombres y mujeres sin piedad. Pero no hay sentido en nada de lo que él y el resto hace, y peor, no hay final a la vista. La única salida, reconoce, es la muerte. Y esa última realidad, es la declaración más abrumadora de un filme que representa el conjunto de las peores circunstancias existentes.

De inmediato termina la cinta, uno se pregunta cuál es el gran merito de la pelicula, es acaso la forma en la que narra una historia vista muchas veces pero nunca narrada con tal visceralidad y sin complejos emocionales; es acaso el esplendido trabajo audiovisual; o simplemente ha sido elevada a la grandeza por la profundidad y complejidad con la que representa su temática; es decir, se trata más de una película importante que una gran obra de arte. Creo que existe un poco de verdad en esas tres condicionantes.

El título de la historia, y de la novela de Uzodinma Iweala de la que está adaptado el guion, es a su vez una mención al ejército improvisado por el Comandante, y una referencia tanto literal como simbólica al hecho de que nunca se menciona al país donde ocurre la trama. Y menciono simbólico pues refleja esa idea casi universal de los objetivos vagos y sin valores con los que se disfraza el idealismo sin sentido, el cual encaja perfecto en la película al ser narrada desde la perspectiva de un niño que no puede comprender o siquiera debería tratar de comprender que lo lleva a tomar un machete y degollar a una persona que ni siquiera es un enemigo que está tratando de matarlo a él o a alguien más.  

Y son sin duda los mejores momentos del filme cuando se nos pone en el interior del punto de vista de Agu, a como él se pierde en la locura de la guerra, y cuyas emociones producidas por la experiencia son narradas casi susurrando y en una oración autoinculpatoria al estilo Terrence Malick. Particular atención se presta al impacto de los combates y explosiones que golpean al espectador por su terror visceral. Fukunaga en apenas tres películas (Sin Nombre y Jane Eyre, además de ésta) y una primera temporada de True Detective (antes de que ésta se fuera al caño en parte por su ausencia en la silla del director) se ha convertido en un maestro al construir escenas caóticas que sin embargo por su dominio de la cámara y orquestar sus movimientos como si estuviera coreografiando un número de ballet, produciendo un efecto de que se las arregla para combinar realismo brutal y un toque de surrealismo, una cualidad casi mística que funciona mejor tratándose de una cinta bélica.

Pero a cómo Agu pierde su camino bajo las órdenes del Comandante, la película pierde también cercanía en su relación con el personaje. Sus voces en off son cada vez menos frecuentes, tal vez porque se ha convertido en un títere cuyo cerebro ha sido lavado y obligado a alienar sus pensamientos genuinos para no someterse aún más a la oscuridad. Pero ante la pérdida del punto de vista de Agu, y en cambio reforzando la historia según la perspectiva del Comandante, la experiencia cinematográfica se vuelve menos interesante, y ahí Fukunaga termina atrapando a Bestias sin Nación entre dos diferentes tipos de películas: una, es un estudio de personaje impresionista, el otro un docudrama sobre niños adoctrinados en la cultura de la guerra. Y el cineasta hacia la segunda mitad de la historia le cuesta mucho trabajo decidir cuál de los dos proyectos le interesa más. Y cuando la cinta deja de enfocarse en Agu, se pierde la especificidad real sobre el lugar y el momento en el que se desenvuelve la historia, perdiéndose también los detalles más significativos del horroroso proceso de la guerra.

Lo que mantiene siempre sostenible al filme es principalmente el desempeño actoral de Idris Elba, quien crea un villano dinámico y carismático, pero siempre cumpliendo una presencia mortificante; así como un destacado trabajo de fotografía a cargo del propio Fukunaga. Hay un par de secuencias sumamente destacables, la primera el momento en que el Comandante y su ejército masacran una ciudad cercana a la capital y en la cual el director colorea el escenario con una paleta de marrones y rojos tenues. Más tarde, el momento en que Agu camina a través de las laberínticas trincheras con el agua y las paredes cubiertas de barro carmesí. Según se reporta el presupuesto del filme fue de 6 millones de dólares, pero Fukunaga hace parecer en lo visual como si hubiera contado con el triple de dinero.

A pesar de que no siempre sostiene disciplina en la trama y por momentos pierde enfoque en los personajes y por lo tanto el impacto emocional y temático a veces se ve reducido, su hermosa fotografía, el imponente trabajo actoral de Attah y Elba, hacen que Bestias sin Nación sea un ejercicio que requiera atención y consideración tanto por el tema que aborda y por la forma en la que se ejecuta narrativamente. ¿Es Netflix la mejor forma de absorber este trabajo? Por supuesto que no. Pero en una época en la que el cine para adultos apenas logra mantenerse en la taquilla, quizás sea la única forma en la que podemos ver cintas como ésta. 

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